París

La emoción incontenible de Wout van Aert (Jumbo-Visma) tras ganar en Rocamadour nos representa a todos los que formamos parte de la caravana del Tour de Francia. El viaje físico y mental nos ha marcado, tal vez sin saberlo, y nos ha dejado exhaustos, tal vez sin darnos cuenta. Es cuando nos montamos en el coche dirección París que advertimos hasta qué punto la experiencia ha sido intensa. Después las bicicletas giran, giran y giran por los Campos Elíseos (esta vez nueve veces; veintiuno, si contamos las doce vueltas que harán las mujeres de Le Tour Femmes) y de repente hay un sprint furioso, de repente atardece, de repente ha acabado todo en la ciudad del amor.

Dicen que la ‘volata’ de París es el auténtico Campeonato del Mundo para velocistas: un sprint donde solamente concurren los mejores, elegidos por sus equipos y cribados por las mil vicisitudes que se presentan a lo largo de tres semanas largas de competición. Unos, como Caleb Ewan (Lotto-Soudal), Alexander Kristoff (Intermarché-Wanty Gobert) o Peter Sagan (TotalEnergies), aspirarán a redimir su Tour. Otros, como Dylan Groenewegen (BikeExchange-Jayco), Fabio Jakobsen (Quick-Step Alpha Vinyl) ó Jasper Philipsen (Alpecin-Deceuninck), a ponerle la guinda. Ewan, Kristoff y Groenewegen ya saben lo que es ganar en los Campos Elíseos; también conoce la sensación el temible Van Aert. Gane quien gane, la emoción de acabar, la emoción del viaje, la emoción de París, será inenarrable.

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