Grandes momentos en la historia del Tour
En la Francia de comienzos del siglo XX, habría que tener una gran fantasía en el mejor de los casos o, en el peor, ser una especie de alienado para imaginar una carrera ciclista de casi 2500 km a través del país. Géo Lefèvre, por entonces periodista de L’Auto, tuvo esa inspiración. Su director, Henri Desgrange, tuvo la audacia de creer en ella, de apoyarla y de apostar fuerte por el Tour de Francia. El 1 de julio de 1903 sesenta pioneros partieron de Montgeron en bicicleta. Tras seis etapas desmesuradas (Nantes - París, ¡471 km!) sólo 21 corredores, con Maurice Garin a la cabeza, terminaron aquella primera epopeya.
Después de haber suscitado inmediatamente asombro y admiración, el Tour cautivó por medio de las columnas de L'auto, al mismo tiempo que partía al encuentro de su público, cada vez más asiduo al borde de las carreteras. Desde entonces, los franceses se apasionaron por sus nuevos héroes, que se llamaban Pottier, Petit-Breton o Pélissier, algo más tarde, Vietto, Magne o Leducq. Mejor aun, además de su entusiasmo por los campeones de gran valía, se apropiaron de esta prueba atípica que proporciona honra a sus ciudades, a sus campiñas e, incluso, desde 1910, a sus montañas.
Sobre todo, el Tour, generador de espectáculo y de emoción, ha vivido en constante armonía con su tiempo, aun a costa de absorber sus males. Se ha beneficiado con toda Francia de permisos pagados desde 1936, ha sufrido guerras, ha saboreado la despreocupación de los "treinta (años) gloriosos" festejando a Coppi, Bobet, Anquetil y Poulidor, se ha abierto a los países extranjeros al llegar la globalización, y, ahora, se debate con el torbellino de los avatares del deporte mundial.