
El Tour de Francia posee una serie de valores sin los cuales perdería no sólo su credibilidad deportiva sino también su indiscutible función cultural, económica, social y medioambiental.
Estos valores de referencia han conservado su significado a lo largo de los años, al tiempo que tienen en cuenta conceptos tales como la competitividad, el enfrentamiento, la superación y, en última instancia, el objetivo final de la victoria.
Ahora bien, no puede tratarse ni de una competición cualquiera ni de una victoria cosechada a cualquier precio.
Al igual que todas las actividades deportivas y el resto de las carreras ciclistas, y más, si cabe, tratándose de la más prestigiosa de todas ellas, el Tour de Francia ha de estar necesariamente acompañado de:
Normas precisas, de las cuales no se puede transgredir ni la letra ni el espíritu.
El respeto a los responsables encargados de la aplicación de dichas normas y a las decisiones que pudieran adoptar.
La igualdad de las oportunidades ofrecidas a los corredores. Beneficiar de manera ilícita a un corredor por encima de los demás es una práctica que choca frontalmente con la ética deportiva. Precisamente por este motivo, el dopaje, un fenómeno excesivamente presente en el ámbito social en general, es inadmisible en el deporte.
Medidas rigurosas contra el juego sucio, la corrupción y cualquier otra forma de manipulación que permita vencer mediante medios distintos a los meramente deportivos.
Una adhesión activa a la carta “Ciclismo y Medio Ambiente” adoptada por la Unión Ciclista Internacional que se traduzca en medidas de divulgación y acciones sobre el terreno, dirigidas tanto a los espectadores como a los participantes del Tour de Francia.
La aceptación de estos principios condiciona la reputación y popularidad que despierta el Tour de Francia entre un público alimentado por los éxitos y las leyendas.
Los campeones de hoy han heredado un patrimonio que no existiría sin las virtudes morales que han contribuido a su desarrollo.
Todo corredor ciclista, independientemente de su posición y nivel de rendimiento, queda por tanto obligado a respetar esta ética fundamental. En caso contrario, correría el riesgo de conducir a su deporte por la senda de la perversión y la decadencia.