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Wiggins, un hombre en busca de la perfección

novedades28.07.2012Despues de la carrera

Le peloton sur les Champs-Élysées - © ASO/P.Perreve

A sus 32 años, Bradley Wiggins se ha convertido en el primer ganador británico del Tour de Francia al término de una carrera dominada por el equipo Sky, representado también en el segundo peldaño del podio por Christopher Froome. El maillot amarillo del Tour 2012, vencedor de las dos contrarrelojes de Besançon y Chartres, ha conseguido dejar atrás su imagen de pistero solitario, convirtiéndose en un líder sólido y completo.

Nos encontramos ante un nuevo caso de oruga convertida en mariposa. Wiggins apuntaba ya maneras cuando decidió dedicar sus tardes a pedalear en un velódromo en la Inglaterra de los años 90. Desde los 12 años de edad, el joven Wiggo se declaró amante de la pista, algo que su padre Gary conocía de cerca como buen corredor de la carrera de los Seis Días. Quizás el afán por seguir la estela de su progenitor explica la afición del joven, que vivió, sin embargo, una infancia marcada por un padre ausente. La precocidad y tenacidad de su proyecto de convertirse en ciclista profesional apuntaba a un temperamento fuera de lo común. Inmerso desde muy joven en los libros, fotos y resultados de carreras de todo tipo y condición, Bradley desarrolló una fuerte cultura ciclista durante su adolescencia así como una implicación absoluta en este deporte.

Bradley "el obsesivo" se decantó en un primer momento por la pista, motivado por sus sueños olímpicos. Para poder hacerlos realidad, empezó por cruzar el Canal de la Mancha y firmar su primer contrato profesional con la formación FDJ. Su primera incursión en los Juegos Olímpicos se saldó con un resultado frustrante como consecuencia de una inoportuna caída en la anteúltima vuelta de la final en Sídney, que le privó de una segunda medalla tras el bronce logrado en la persecución por equipos. Lejos de desanimarse, el joven redobló sus esfuerzos y se dotó de los medios necesarios para cumplir sus objetivos. Con los Juegos de 2004 en el punto de mira, decidió dejar atrás la comodidad del equipo FDJ para alejarse de Bradley McGee, su rival absoluto en la prueba de persecución de 4.000 metros. Tal y como estaba previsto, el duelo se decidió en el velódromo de Atenas y fue finalmente Wiggins quien se llevó los máximos honores. Cuatro años después, en Beijing, la hoja de ruta se cumplió a la perfección, con el rodador británico como gran dominador: regresó de China con dos títulos bajo el brazo, uno por equipos y otro individual.

Metamorfosis física:
el pistero de Beijing baja ocho kilos

La carretera pronto se convertiría en un escenario de sorpresas y revelaciones, haciendo que el hombre de las cronos destinado a brillar varios días al año se transformara en un rodador todo terreno, capaz de aguantarle el ritmo a los mejores escaladores pese a no tener la capacidad de aceleración de hombres como Andy Schleck o Alberto Contador. Tras su paso por Crédit Agricole y Cofidis, y posteriormente por las Olimpiadas de China, Wiggins se propuso superar sus límites mentales y meterse en la piel de un nuevo personaje. La metamorfosis fue, en primer lugar, física: el pistero de Beijing perdía ocho kilos y conquistaba la 4ª posición en el Tour 2009 como miembro del equipo Garmin. Se destacó y alabó su actuación, pero quizás no con el suficiente entusiasmo. Wiggins, por su parte, comprendió entonces su nuevo estatus y sus nuevas posibilidades. De pronto, la providencia tocó a su puerta con la creación del equipo Sky, que disponía de los medios, las ideas y los discursos necesarios para hacer de este espigado corredor un verdadero líder. Una máquina de ganar.

El intento del año 2010, posiblemente condicionado por la decisión de participar en el Giro de Italia previo al Tour, abrumó al inglés y le enseñó a desarrollar la paciencia. Un año después una caída le obligaba a abandonar la Grande Boucle con una clavícula fracturada, pero esto, lejos de amedrentarle, le sirvió de motivación. El corredor fue ganando en confianza, y comenzó el 2012 con gran seguridad en sí mismo, contagiando dicho sentimiento al conjunto de su equipo. La coronación de "Wiggo" puede interpretarse como una obra colectiva, y apunta a convertirse en el principio de una saga. Arrancó con una hermosa demostración de fuerza en la París-Niza. La primera cita de relevancia de la temporada, que fue también la primera prueba de verdad tras el anuncio de un recorrido favorable a los grandes rodadores, demuestra hasta qué punto es seria la candidatura del inglés. Posteriormente, el Tour de Romandía y la Critérium du Dauphiné brindan al equipo Sky todo su relieve y profundidad. Los hombres que arropan a Wiggins en sus victorias dan muestras de un gran nivel así como de su lealtad y entrega al líder. En el marco de la fórmula ganadora del Sky, Wiggins ocupa de forma legítima la posición de líder gracias a su rotunda superioridad en las cronos. Tras poner dicha superioridad a prueba en carreras de una semana de duración durante la temporada de primavera, supera con el mismo rigor y resistencia la gran prueba del Tour.

Bien colocados desde el prólogo de Lieja, Wiggins y su tropa asumen sus respectivas responsabilidades. Vestido de amarillo desde la etapa de La Planche des Belles Filles, el favorito no cede en ningún momento a la tentación de confiar su suerte a un sustituto de otro equipo para liberar a sus hombres del peso de la carrera. Incluso después de tener la certeza de que su ventaja en la contrarreloj sobre unos adversarios cada vez peor avenidos le blindaba en gran medida de sorpresas desagradables… Siempre concentrado y atento, el coleccionista de guitarras no empezó a saborear las mieles del éxito hasta superar el puerto de Peyresourde, en la etapa homónima. Dos días más tarde, la crono de Chartres le permitía sumar una segunda etapa a su palmarés, poniendo fin a las especulaciones sobre la teórica superioridad de su compañero de equipo y principal perseguidor Chris Froome, encaramándose sólidamente a lo más alto de una clasificación general cuyo liderato supo mantener bien atado hasta el final. En la línea de meta de París pudimos ver al inglés levantar el puño en señal de liberación y alegría. He ahí la primera vez que la mariposa amarilla batía sus alas y echaba a volar.

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